Grupos en situación de exclusión

El primer círculo de Dante: El Limbo profesional

«Trepamos, él primero y yo después, hasta que una abertura redonda se abrió frente a nosotros y vi las cosas hermosas que alberga el cielo, y salimos para ver las estrellas una vez más.»

La Divina Comedia – Dante Alighieri

Muchos serán los que conocerán al gran Poeta Dante Alighieri y su Divina Comedía. Obra escrita en el siglo XIV, que describe con gran detalle, los nueve círculos del Infierno. El primero de todos ellos, el llamado limbo

«Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate” / “Quien entre aquí, abandone toda esperanza”.

Muchos recién graduados que se encuentren en esta situación sentirán esta famosa cita como suya, pero esperemos que la realidad no sea tan dramática. Aunque si bien es cierto, salir del limbo profesional en el que se encuentran no es nada fácil.

Como el protagonista de la Divina Comedia, los recién graduados tendrán que enfrentarse a los nueve anillos del Infierno y al propio Purgatorio si quieren llegar finalmente al Paraíso. Y es que, salir del mundo académico para adentrarse sin experiencia al mundo profesional es toda una proeza. Con el título en la mano y los conocimientos teóricos en la cabeza, este grupo se enfrenta al proceso de selección de muchas empresas, tan solo con la experiencia profesional adquirida durante sus prácticas.

Estas prácticas profesionales, en raras ocasiones, llegan hasta los dos años.  Un requisito imprescindible en la gran mayoría de ofertas que salen publicadas en los principales portales de empleo. Y las pocas ofertas que hay –en las que se pide un año mínimo de experiencia-, lo compensan con otros requisitos demasiado altos –y en muchas ocasiones poco ajustados- para que pueda optar un profesional junior.

En la gran mayoría de los casos, si estos recién graduados quieren postular a un puesto en el que se crean capacitados, es muy probable que se vean descartados por su falta de experiencia.  Esto en parte se solucionaría si existiesen más ofertas con contratos de prácticas, pero su presencia es bastante escasa. Lo que sí parece proliferar, son las ofertas colaborativas entre convenios de universidad y empresa.

¿Pero cómo se podría mejorar esta situación?, ¿Cómo se podría facilitar esa salida del temido limbo laboral?

Desde las empresas se debería de incentivar el olvidado contrato de prácticas.

Este tipo de contrato actúa como un puente real entre un recién graduado –que ya tiene el expediente cerrado y, por tanto, no puede establecer más convenios colaborativos entre universidad y empresa- y la compañía donde quiere trabajar.  Estos contratos, a su vez, mantienen una retribución por el trabajo efectivo del 60 % el primer año, y el 75 % el segundo año, como mínimo. Siempre sujeto a mejora si la empresa así lo desea y nunca por debajo del Salario Mínimo Interprofesional (S.M.I). Así, se justifica que no se cobre el mismo salario que un trabajador normal debido a la carencia de experiencia.

Desde las instituciones académicas, se debería de mejorar el perfil de empleabilidad de sus alumnos.

Es evidente que, dependiendo de la titulación, es imposible poner un plan de estudios común. Lo que sí que se podría hacer, es poner al menos una asignatura obligatoria que permitiera sacarse la convalidación del B2 de inglés. Nivel mínimo requerido para trabajar en Europa, tal y como hace la Universidad Politécnica de Valencia, por poner un ejemplo.

Otra propuesta sería que, se ajustaran las titulaciones a lo que se requiere de ellas en el mercado laboral. Que el plan de estudios se centrara en aprender por ejemplo un programa específico, una habilidad determinada o una formación concreta.  Es decir, que se priorizara una práctica real en las aulas de lo demandado por las empresas.

Considero que, la mejor publicidad para una Universidad, es una tasa baja de paro por parte de sus graduados. Son necesarias más universidades “laborales”. Es por ello que las formaciones profesionales están más demandadas. Son titulaciones que se ajustan más al mundo real.

En resumen, es importante ser consecuentes de las problemáticas que nos rodean para poder ponerles solución.  Por ejemplo, los convenios colaborativos entre universidad y empresa, cumplen una labor muy importante, ya que permiten la primera toma de contacto con la profesión que se quiere desempeñar. Lo que se penaliza aquí no es el uso, sino el abuso y la sustitución de un puesto de trabajo.

Es necesario, por tanto, empezar por lo que nos resulte más manejable. Ajustar los requisitos de las ofertas de trabajo, controlar los abusos en el mercado laboral, pedir un cambio en las instituciones académicas, mejorar la inserción laboral de ciertos colectivos en situación de exclusión. Son medidas que a largo plazo conllevarán beneficios para todos.

Entre ellos estaría la reducción de la tasa de paro de los grupos de edad de 20-29 años –Que según el Instituto Nacional de Estadística (I.N.E), alcanzó en el tercer trimestre de 2019 un 12,3% del paro nacional-. Esto conllevaría la mejora de la entrada a la primera vivienda – y la consecuente reducción de edad donde un joven español puede independizarse económicamente de la unidad familiar-. No sería difícil de suponer tampoco que esto incentivaría el consumo, frenaría la emigración de talento y aumentaría los proyectos de natalidad para este grupo de edad.

Pero por el momento, sólo queda seguir persistiendo en aquello en lo que hemos sido formados. Sólo así podremos alcanzar a nuestra Beatriz, a nuestro Paraíso soñado. A nuestro trabajo anhelado.

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